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Chile: sobreoferta y caída de precios interpelan a la cadena productiva

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La sobreoferta de papa en Chile presiona los precios y reaviva el debate sobre la necesidad de industrializar la cadena para dar estabilidad al sector.

La sobreoferta de papa en Chile presiona los precios y reaviva el debate sobre la necesidad de industrializar la cadena para dar estabilidad al sector.

January 27, 2026

En Chile, el lanzamiento de un plan piloto de trazabilidad para papa y cebolla coincide con una crisis del sector papero marcada por sobreoferta, caída de precios y altos costos, que reaviva el debate sobre la necesidad de industrializar la cadena.

El sector papero enfrenta actualmente un panorama marcado por diversas contradicciones. Lo que sería considerado una ventaja en otros cultivos agrícolas, como un clima óptimo y abundancia de agua, se ha transformado en un problema para los productores de papa. Luis Miquel, gerente general del Consorcio Papa Chile, se refiere a esta situación como "la paradoja de las papas". En una entrevista, el representante gremial analizó los factores que mantienen en alerta a esta importante cadena agroalimentaria, destacando la vulnerabilidad de los agricultores frente a un mercado interno saturado y unos costos de producción que siguen al alza.
 

La paradoja de la sobreproducción

La clave de esta paradoja radica en las fluctuaciones extremas de rendimiento. Según Miquel, bajo las mejores condiciones climáticas y con abundante agua, la productividad por hectárea puede aumentar de 35 a 50 toneladas. Sin embargo, este incremento no es absorbido por el mercado interno, dado que el consumo anual en Chile se sitúa entre las 750 y 800 mil toneladas, mientras que la producción alcanza hasta 1,4 millones de toneladas.

Este exceso de oferta provoca una drástica caída en los precios. "Cuando el agricultor logra altos rendimientos agronómicos, los precios tienden a desplomarse; y cuando los precios son favorables, son pocos los productores que logran beneficiarse del negocio", explica Miquel. Este ciclo se convierte en una dinámica insostenible, en la que los excedentes provocan la depreciación del producto y exponen a los agricultores al riesgo de quiebra por la falta de mecanismos para regular o procesar el excedente.

A esto se suma el aumento continuo de los costos de producción. Desde el fin de la pandemia, los gastos necesarios para cultivar una hectárea han registrado incrementos significativos. Mientras que hace cuatro años el costo rondaba entre los 6 y 7 millones de pesos por hectárea, hoy supera los 12 o 13 millones. Además, gastos adicionales como el riego y la compra de semillas certificadas aumentan aún más la inversión necesaria.

Aunque la reciente disminución del tipo de cambio ha reducido ligeramente el costo de insumos como abonos y fungicidas, Miquel señala que estos valores nunca vuelven a su nivel inicial. Este panorama financiero acentúa los riesgos para los agricultores que invierten con la esperanza de obtener precios elevados que muchas veces no llegan a concretarse, generando problemas económicos graves para estas familias.
 

Industrialización como salida estructural

En paralelo, las instituciones financieras han endurecido sus políticas, complicando aún más el acceso al crédito. Miquel ilustra esta relación con una metáfora: "Los bancos te ofrecen el paraguas cuando no lo necesitas y te lo quitan justo cuando empieza a llover". En la actualidad, las entidades bancarias se han mostrado más cautelosas, evaluando minuciosamente los flujos de caja, reduciendo líneas de crédito y aumentando los requisitos.

Esta dificultad para acceder a financiamiento afecta directamente la calidad del cultivo: ante la necesidad de reducir costos, muchos agricultores optan por semillas no certificadas y disminuyen la inversión en abonos y fungicidas. Estas medidas de ahorro impactan el rendimiento y la calidad futura del producto, según advierte Miquel. En consecuencia, podría presentarse un ajuste del mercado en los próximos años debido al menor uso de material genético renovado.

Para enfrentar este complejo panorama, Miquel propone un cambio estructural mediante la industrialización del sector. En su opinión, el desarrollo de una industria procesadora (de papas congeladas o productos derivados) es fundamental para dar estabilidad al mercado. Sin embargo, este avance se ve limitado por factores económicos y políticos que desincentivan la inversión industrial. Según el gerente general, actualmente resulta más atractivo invertir en bienes raíces que en proyectos agroindustriales debido a su menor riesgo.

Miquel insta a las autoridades a promover incentivos que faciliten esta transformación estructural sin recurrir a subsidios temporales. Establecer un marco estable para la inversión industrial permitiría a Chile dejar de ser un mero exportador de materias primas y dar valor agregado a su producción de papa, logrando estabilizar los precios internos y ofreciendo una demanda constante para los agricultores.

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